Toma de decisiones & Orientación laboral

Para las personas neurodiversas, tomar una decisión se puede convertir en una auténtica pesadilla. Y cuando se trata de decidir a qué te vas a dedicar… ¡Aún más!


Imagínate: 

Orientador·a: ¿Qué prefieres, estudiar bellas artes o ingeniería?


(en tu cabeza): Pues a ver, yo soy buena dibujando y bellas artes estaría genial para mí, pero hay pocas salidas laborales, además, soy buena también haciendo planos e inventando cosas, sería una pena no hacer ingeniería… Oye y ¿por qué no hago arquitectura, que también me gusta? Y habrá que estudiar idiomas, que es importante. No obstante, si elijo ingeniería, ya no haré nada relacionado con el arte. Pero ganaré más dinero probablemente, y encontraré un trabajo con más facilidad, con lo cual menos estrés…

(en voz alta): No tengo ni idea.

Y así puedes seguir horas y horas.


La típica estrategia de “hacer una lista de pros y contras” es totalmente inútil en estos casos: tu cerebro siempre encontrará tantos pros como contras en cada propuesta. Obtendrás una tabla muy bonita pero con todas las columnas iguales y empezarás a ponerte aún más nerviosa·o. 

Y eso puede pasar con decisiones mucho menos vitales, como por ejemplo la elección de una camiseta en una tienda. ¿Nunca te ha pasado irte de la tienda frustrado·a por no haber sido capaz de elegir ninguna prenda? Pues eso.


¿Qué pasa en nuestro cerebro para que no podamos tomar decisiones con facilidad? Se supone que se nos da bien resolver problemas, ¿entonces por qué dudamos tanto? ¿Y por qué es tan fácil para los demás?

Si tú también te preguntas eso, te invito a seguir leyendo: voy a compartir contigo las respuestas que encontré, no son exhaustivas por supuesto, pero espero que te puedan aclarar un poco.


En un cerebro que piensa a toda velocidad y que intenta controlar su entorno, una toma de decisión se resume a esto:

  1. Hay que tomar una decisión. Mierda. Ya te estresas. 

  2. Aparecen de repente todas las posibilidades con sus consecuencias y detalles. Como las ramas de un árbol. La ansiedad sube. 

  3. Todas parecen muy apetecibles o de mismo valor. Tu cerebro empieza a caer en la niebla. 

  4. No sabes qué criterio usar para decidirte. Si te vas por una rama, te entra el miedo a equivocarte, a lamentar tu elección y te surgen un montón de “y si…?”. 

  5. No tomas ninguna decisión, el árbol se queda así y te sientes frustrado·a y triste por no ser capaz de decidir. Empiezan a llegar los pensamientos tipo “eres tonto·a o que te pasa”, “vaya inútil”. Aplazas la decisión.

Fin.

Bien, eso es más o menos lo que hace tu cerebro frente a una toma de decisión si eres de las personas supuestamente “indecisas”: se queda paralizado. ¿Y cuál es la emoción que te empuja hacia esta reacción? El miedo. En este caso, es más bien ansiedad, ya que se proyecta el miedo sobre una situación futura. 


El miedo al error, a tomar un camino que no es el bueno.

Bien, guardemos este miedo en el bolsillo y sigamos explorando.

¿Qué pasa en la mente de las personas que sí son capaces de tomar una decisión?


  1. Observación de la situación.

  2. Listado de las distintas opciones.

  3. Uso de uno o varios criterios para elegir.

  4. Toma de decisión.

  5. Compromiso con la decisión.

  6. Ajuste de la conducta con posibilidad de modificarla si resulta que las consecuencias no son las esperadas.


De ahí saco tres elementos:

  • La necesidad de escoger CRITERIOS

  • La necesidad de COMPROMISO con la decisión

  • La FLEXIBILIDAD, con la posibilidad de modificar la decisión en función de las circunstancias.

¿Entonces, ¿qué pasa en las mentes “indecisas”?

Pues que probablemente no tengan unos criterios más importantes que otros, no consiguen comprometerse con la decisión por el miedo que genera el tomar la decisión equivocada… y este es más fuerte por culpa de la falta de flexibilidad que tienen, debida a su perfeccionismo (= creencia de que si toman una decisión, tiene que ser la correcta para siempre)!


Si nos centramos en la decisión sobre el futuro profesional, la gente suele usar criterios afectivos (“me gusta esto”), económicos (“se cobra bien”), seguridad (“es un empleo estable”), comodidad (“hay buenas condiciones laborales”).

A mucha gente neurodiversa, le gusta todo, no tiene mucho en cuenta la parte económica y las condiciones y tampoco le importa la seguridad. Los valores de justicia, equidad y mayor contribución suelen tener un peso más importante.


Si eres de esas personas, te enfrentarás a un primer problema: al basarte en criterios diferentes de la “mayoría”, muchas personas no entienden tus decisiones, o las rechazan por completo. Esto hace que seas mucho más inseguro·a con tus decisiones y que te las replantees con más facilidad. No hay muchos modelos neurodiversos que puedas seguir, con lo cual si tomas decisiones “a contra corriente” es más difícil asumirlas. 

Frente a este primer problema, es muy importante el auto conocimiento. Si estás acostumbrada·o a a llevar una “máscara social” (falso self), vas a tomar decisiones que no se ajustan a tu yo real. El sufrimiento va a ser mucho mayor. Si todavía no confías mucho en ti, comparte tus decisiones únicamente con personas que te van a respetar y apoyar de forma incondicional. Cuando ganes en confianza y autoestima, ya tendrás más recursos para enfrentarte al juicio de los demás.

A parte de esto, creo que el mayor problema es que generalmente nos hacemos las preguntas equivocadas.


¿Qué prefieres? ¿Qué decisión te aportaría más felicidad? ¿Cuál va contigo? ¿Qué propuesta es la más apetecible?  Son preguntas demasiado imprecisas y que generan mucha ansiedad, porque el criterio no es pertinente.

Medir una decisión en función de la “felicidad” o del “bienestar” que llegarás a sentir… es un rompecabezas, ¡porque en todas encontrarás algo apetecible!


Entonces, si te preguntas “¿qué es lo que quiero?” la respuesta va a ser, en general, “todo”.


Una pregunta mucho más potente para las personas neurodiversas que tienen dificultades para elegir es:

¿A qué estás dispuesto·a a renunciar?

¡No sabes qué elegir porque no quieres renunciar a ninguna de las ramas del árbol!

Renunciar es difícil, induce emociones de frustración, de tristeza, de decepción, de remordimientos… Que no siempre identificas como tal y que te bloquean para tomar decisiones.


Lo primero es aceptar que vas a tener que renunciar a algo. La creencia de que “puedes con todo” es irracional. No puedes ser astronauta, profesor·a y cocinero·a a la vez. ¡No por falta de capacidad, sino por falta de tiempo! Puedes perfectamente hacer un trabajo polivalente, cambiar de profesión veinte veces en toda tu vida, pero no tener 3 trabajos a tiempo completo a la vez.

El tiempo es un criterio importante, y muchas veces evitamos completamente el preguntarnos “cuánto tiempo me llevará esta opción” y si es factible o no. El factor TIEMPO te ayudará a decidir a qué quieres renunciar... O por lo menos qué quieres aplazar. ¿Cuánto tiempo te llevará cada opción? ¿Cuánto tiempo estás dispuesto·a a esperar antes de poder dedicarte a tal o tal cosa? 

Otro factor que te puede ayudar es el de los VALORES. Puedes chequear si cada proposición se corresponde o no con tus valores. Si te encantan los números y eres muy buena·o en matemáticas, y tienes un valor muy fuerte de honestidad y de justicia social… creo que la opción de trabajar en un banco es fácilmente descartable. 

También puedes chequear tus NECESIDADES. Si necesitas creatividad y no te basta con tus actividades de ocio, entonces es muy probable que lo necesites también en tu actividad profesional, con lo cual podrás descartar las opciones que no te permiten cubrir esta necesidad. Pero recuerda también que el trabajo no es la única opción para satisfacer TODAS tus necesidades: ¡existe también el ocio y el voluntariado! Reparte tus necesidades entre las distintas áreas de tu vida.

Después de esto es muy probable que te queden todavía dos o tres opciones, y te cueste mucho renunciar a alguna de ellas.

Ahí es momento de trabajar sobre la creencia de que si renuncias ahora, entonces renuncias para siempre. ¡No es así! Que no puedas hacer todo a la vez, no quiere decir que tengas que elegir solo una opción para siempre.

¡Y esto es un matiz importante! Puedes perfectamente conservar diversas opciones en tu mente, para tener flexibilidad en función de las circunstancias. 

Pero, llegado·a aquí, es importante PRIORIZAR

Conserva los 2 o 3 planes a los que no quieres renunciar, pero ponlos en orden:

¿Cuál es el más urgente para ti? ¿Cuál puede esperar un poco más? 

La idea es que los planes A, B y C se conviertan en planes 1, 2 y 3 en función de la prioridad que tengan para ti. 


Ahora bien, has decidido cuales son las opciones a las que puedes renunciar. Igual pasarás por algún momento de duelo: si renuncias a un sueño de tu infancia, date empatía, déjate tiempo, acompaña tu emoción, ¡date la opción de estar triste y de poder expresarlo!

Chequea que tal te sientes frente a tus 2 o 3 planes, ordenados. ¿Cómo te hace vibrar esta decisión? ¿Qué emoción notas en tu cuerpo? ¿Qué sensación te trae? Si sientes que algo te chirría, intenta averiguar lo que es, la emoción te ayudará a entenderlo. No dudes en reajustar tu decisión. 

Si sientes paz, conformidad, ilusión, esperanza, alivio, alegría… es que la decisión es acertada!

Recuerda: no hay una decisión correcta y otras incorrectas. Esta es otra creencia irracional (heredada de la escuela...). Hay una decisión con la que te sientes a gusto y otras con las que no tanto.

Ahora pregúntate… ¿Cuánto te comprometes con tu decisión? 

Un compromiso es un acuerdo. Si te resulta más fácil lo puedes escribir o pronunciar en voz alta. Por ejemplo: “me comprometo a mantener esta decisión en el tiempo (puedes especificar el tiempo y las condiciones). Sé que esta decisión no es inmutable, pero también sé que es la mejor para mí ahora mismo. Confío en mi capacidad de repensar mi decisión en función de las circunstancias, y en mi capacidad de rebotar si las cosas no salen como lo había pensado. Me siento bien con mi decisión y estoy dispuesto·a a concretarla.” 


Obviamente, ¡lo puedes adaptar!

Ahora puedes pasar a la fase siguiente: establecer los pasos, es decir, la planificación, la gestión del tiempo, la tolerancia a la incertidumbre… que trataré en otros artículos. 


¿Qué te ha parecido este método? ¿Lo has probado? No dudes en comentar y compartir tu experiencia, ¡así podré mejorarlo!






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